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Diarios

Holanda

Son las cuatro de la mañana y ya estoy despierta. Mi padre y yo revisamos apurados la maleta asegurándonos de que no falte nada. Desayuno rápido y al coche, directos al aeropuerto.

Son las cuatro de la mañana y ya estoy despierta. Mi padre y yo revisamos apurados la maleta asegurándonos de que no falte nada. Desayuno rápido y al coche, directos al aeropuerto.

Al llegar todo es agitación: los compañeros no paran quietos, todo el mundo se ríe del exagerado tamaño de las maletas de los demás, algunos se llevan las manos a la cabeza al darse cuenta de que han olvidado algo importante en casa; los más charlamos nerviosos, imaginando como van a ser nuestros días en Raalte.

En cuanto llegan los últimos rezagados, facturamos; minutos más tarde ya hemos subido al avión, y estamos volando hacia Madrid. Un trasbordo más y recogemos las maletas en Schiphol, el aeropuerto de Ámsterdam. Media hora en el bus y por fin, allí están.

Todos salimos corriendo; muchos abrazos, besos, risas, alguna que otra lágrima, ¡estamos tan contentos de verlos otra vez! Nos contamos las últimas novedades en un inglés muy rápido y bastante malo, pero a todos nos da igual. Tras unas palabras de los profesores holandeses en la cantina del colegio, cada cual para su casa. Ahora, sí que estamos nerviosos: vamos a conocer a la que será nuestra familia durante diez días.

Llegamos, nos instalamos; primera noche. Los regalos que les llevamos les gustan mucho (crema de Orujo y licor café, en su mayoría), y nos agradecen el detalle.

Estamos empezando a comprender que aquí todo es distinto. Los horarios, las costumbres, incluso las relaciones entre las personas. Se desayuna muy temprano, casi no comemos, pero todo eso se compensa con una cena muy abundante alrededor de las seis de la tarde.

Todos trabajan desde los catorce o quince años, y cada chico tiene sus ahorros, que usa o guarda para comenzar su propia vida al acabar la escuela. Son mucho más fríos que nosotros al principio; en lugar de dos besos, se presentan dándose la mano, incluso entre mujeres de una misma edad. Son pequeños detalles que nos llaman la atención, y que hacen interesante el proyecto: cada día descubrimos algo nuevo.

A la mañana siguiente nos enteraríamos de que a tal amigo le fue genial en su casa; otros llegarían diciendo frases como “¡Por fin puedo hablar español!”, pero estábamos contentos de estar allí.

Y visitamos Raalte; pueblo pequeño y bien bonito donde los haya, con sus mercadillos, su iglesia, su supermercado y sus muchas cafeterías. Todo lo que veíamos nos llamaba la atención; y sobre todo, lo cálida que era la gente; siempre se mostraban amables, y cuando se enteraban de que eras español, hablaban en inglés para que todos entendiésemos. Algunos nos atrevimos a probar uno de los platos más típicos, el haring; un arenque que se come casi entero, mientras se sujeta por la cola y se muerde, manteniéndolo por encima de la cabeza.

Esa misma tarde visitamos la escuela con la ayuda de algunos estudiantes, que nos explicaban la función de cada habitación a la que íbamos. Fue entonces cuando nos dimos cuenta de lo grande que era, y lo poco que se parecía a la nuestra. El propio colegio era a la vez granja, invernadero, taller de mecánica, restaurante, peluquería, centro de estética... Mucha, muchísima práctica ; incluso construían, baños, casas de madera y cañerías! Enormes gimnasios y larguísimos pasillos que separaban los diferentes módulos, todo nos sorprendía y nos gustaba.

La segunda noche fue más llevadera para casi todos; íbamos entendiendo mejor el inglés con acento de Holanda y el estómago reclamaba menos comida a sus horas habituales.

El día siguiente fue probablemente el más cansado para todos. Visitamos los alrededores de Raalte en grupos de unas ocho personas, en bicicleta. Varias granjas, una fábrica de quesos y un museo de motos (sobre todo Harley Davidson) ocuparon nuestro día. Y seguimos aprendiendo. Les hacía gracia que nos cansásemos tanto por andar en bici, ya que ellos la usan para todo, incluso aunque vivan a 15 o 20 Km. del colegio no van en coche, siempre pedaleando. Se sorprenden de que nosotros no la usemos casi nunca, y de que muchos españoles no practiquen ningún deporte; allí es muy raro ver a alguien que no lo haga.

Y ya llega el viernes: tenemos un debate para conocer las costumbres de los tres países allí presentes; Francia, España y Holanda. Nos reímos y nos damos cuenta de muchas diferencias entre nuestras culturas, pero también muchas similitudes. Los españoles somos los que salimos hasta más tarde, los que menos deporte hacemos y los que más tarde empezamos a trabajar. Pero sin embargo, somos los únicos de los tres países que aspiramos siempre a ir a la universidad. En Holanda, muchos saben desde muy pequeños a lo que se van a dedicar, y su escuela es como una formación profesional para niños: estudian las asignaturas básicas, pero las combinan con optativas que van definiendo su futuro: peluquería y estética, construcción, mecánica...

Por la tarde nos divertimos en el torneo de voleibol y conocimos a mucha gente nueva.

Y por la noche ¡fiesta americana! Cada familia aportó su granito de arena llevando algún tentempié para animar la fiesta, y después de bailar un tiempo, recorrimos el colegio jugando sobre bancos, tirados sobre colchonetas, girando lonas... Fue una experiencia distinta a lo que estamos acostumbrados, y a todos nos gustó bastante.

El sábado visitamos Zwolle, una pequeña ciudad a pocos kilómetros de Raalte, en la cual varios guías nos explicaron los detalles más importantes de la ciudad. Comimos allí e hicimos algunas compras. La tarde de ese día, al igual que el domingo, fueron libres, y cada cual los pasó con su familia.

El lunes no fue un día muy destacable; estuvimos en el colegio completando nuestros cuadernos, y luego nos dieron un tiempo para visitar Internet, mandar algún e-mail o aprovechar el messenger para poner al día a nuestras familias y amigos.

Y llegó el martes, día tan ansiado por todos, porque... ¡Nos vamos a Ámsterdam!

Nos habíamos acostumbrado a ver granjas y animales por todas partes, grandes prados verdes y pequeñas casas, como de cuento... pero Ámsterdam nos enseñó otra cara de Holanda. Edificios altos, canales, casas flotantes y bicis, sobre todo muchas bicis. Recorrimos la ciudad en barco, y luego nos llevaron a la casa-museo de Anna Frank. Las tiendas de regalos abarcaron nuestro tiempo libre, y en un espacio de tiempo que nos pareció cortísimo, ya estábamos volviendo a Raalte.

El miércoles, uno de los chicos de la escuela nos acogió en su casa y pudimos presenciar el nacimiento de un cordero. Hicimos muchas fotos, algunos alimentaron a las pequeñas ovejas con biberones, pero tuvimos que volver a la escuela. Esa tarde asistimos a la representación de un musical, en el que actuaban los alumnos del colegio holandés.

Pero como siempre, lo bueno se acaba. Esa noche la pasamos haciendo las maletas, revisando la casa por si nos dejábamos algo allí, peleando contra esas cremalleras que se rebelan contra un equipaje demasiado abultado. Es nuestra última noche allí.

Al día siguiente, muchos llantos, abrazos, intercambios de números de teléfono y e-mails. Subimos del autobús y volvemos a bajar muchas veces, repitiendo promesas de volvernos a encontrar, haciendo planes de vernos en verano y muchos compromisos más.

El autobús arranca. Muchas manos se agitan en el aire, diciendo “hasta luego” a los que ya son muy buenos amigos.

Sandra