Todo empezó para mí, unos pocos días antes de despegar. En principio yo no iba a ir a Holanda pero me animé, y por suerte quedó una plaza libre.
El día cuatro de marzo teníamos que estar a las cinco y media en el aeropuerto de Vigo, pero, con los nervios, me quedé dormido. Eran las cinco y cinco de la mañana y me desperté oyendo gritar a mi madre…que no llegamos!!!; yo pensé que ya no me iba a dar tiempo a coger el avión, pero al final no se como hicimos que llegamos a tiempo y en un momento me encontraba subido al avión con rumbo a Ámsterdam. Esa misma mañana a las once llegamos al aeropuerto de Ámsterdam.
Nada más salir del aeropuerto, teníamos un autobús esperándonos para llevarnos al colegio de Raalte.
Llegamos a Raalte y allí parecía que no había mucha gente, sólo salieron a la puerta unos pocos a saludar, pero nada más entrar, nos encontramos a todos (algunos muy cambiados).
Nos recibieron muy bien, nos llevaron a una sala (cantina) y allí nos explicaron un poco lo que tenían planeado para hacer durante nuestra estancia allí, todo parecía muy apetecible. Después nos fuimos con nuestras familias a casa; en mi caso, esperamos un ratito y nos vino a buscar su madre, le ayudamos a poner la bicicleta en la baca del coche y allá nos fuimos.
La verdad, yo estaba bastante preocupado por la familia, el chico tenía un problema de audición, y yo pensaba que iba a ser muy tímido y no creía que fuésemos a salir mucho. Pero fue todo lo contrario, en la familia eran seis: los padres, tres niños, él era el mayor y una niña, la pequeña de la casa. El padre al principio era bastante distante, parecía tímido pero poco a poco fuimos teniendo más confianza
El primer día de clase tuve suerte y como vivía cerca de un compañero nos llevaron en coche al colegio, pero ya se veía venir que no sería así siempre. El segundo día me tocó ir en bicicleta, eran diez kilómetros y el cuerpo no tardó en resentirse.
Esa misma mañana tuve mala suerte y pinché la rueda, pero estábamos cerca de casa y no tardamos nada en volver y coger otra bici.
A pesar de eso llegamos a tiempo al colegio donde aparcamos nuestras bicis en un sitio que había tantas que era mejor que te acordases bien dónde la habías dejado porque si no, no la encontrarías al salir.
Uno de los días fuimos a visitar granjas de la zona en bicicleta, vimos como era el proceso de elaboración del queso, como extraían la leche… todo muy interesante.
Otro día fuimos a visitar Zwolle, esta es la ciudad más cercana a nuestro pueblo. Allí nos esperaban unos guías que nos llevaron, por grupos, a visitar todos los sitios más importantes. Esa tarde nos la dejaron libre y la familia aprovechó para llevarme a los karts, fue impresionante, nunca había montado en uno, y se puede decir que conseguí buenas puntuaciones.
Días después llego la excursión tan deseada, nos fuimos a Ámsterdam; esa mañana nos avisaron que teníamos que salir antes a causa de que esos días había habido mucho tráfico por culpa de unas manifestaciones a la entrada de la ciudad. Tardamos muchísimo en llegar, pero mereció la pena. La ciudad era muy bonita, nunca había estado, me impresionó mucho … Por la mañana estuvimos en casa de Ana Frank y por la tarde nos dejaron tiempo libre, todos hicimos muchas compras y por la tarde- noche volvimos.
Casi todas la noche solíamos juntarnos después de comer todos los del intercambio en un café y allí nos ponían música, algo de comer, era muy divertido.
Tengo que decir que el colegio de los chicos era enorme, no era del tipo de los nuestros, allí tenían clases de cómo ser granjero, camarero… estilo a lo que nosotros llamamos formación profesional.
El último día nos levantamos y pasamos un rato con la familia y antes de la hora de comer nos llevaron al colegio, la despedida, sobre todo en casa, fue muy emotiva, nos habíamos cogido todos mucho cariño.
El autobús nos llevo hasta el aeropuerto de Ámsterdam y de allí nos vinimos a Vigo con escala en Madrid.
Pablo Cal Galindo